
Desde mi posición de voayer, un día observé que una señora mayor, de unos setenta y pico años, se sentaba junto a la mujer del pelo naranja y le decía, con un fuerte acento ruso, que le recordaba a su hermana, precisamente por el color del cabello. Entablaron conversación y desde entonces, la señora rusa se sienta siempre a su lado y charla con ella, medio en español, medio en ruso, medio en lenguaje de signos. Sonríe todo el tiempo, la señora rusa, e incluso a veces, le toma la mano cariñosamente como si la conociera de toda la vida. La mujer del pelo naranja se deja hacer. Es enfermera de un hospital público -de esto me he enterado escuchándolas hace poco- y gracias a la magia del metro, se ha convertido en su hermana adoptada durante unos minutos al día. Esta semana tenía turno de noche -le dijo a la mujer mayor- así que no la vería hasta la próxima. No tengo muy claro si la rusa entendió lo que le decía, pero esta semana viajaba sola, en silencio, esperando que volviese esa chica que le recuerda a su hermana, que estará tan lejos, por el color del cabello.
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